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miércoles, 23 de marzo de 2011

Hansel y Gretel, otra vez


                  

Don José, un padre soltero de dos niños cachetones, estaba a punto de casarse con una muchacha que había conocido hace unos meses en el Metro. La jovencita adoraba a José, pero repudiaba a Hansel Ricardo y Gretel Yasuri, sus hijos.

José estaba tan enamorado de la muchacha, que decidió deshacerse de sus hijos para complacerla, y fue así como un día los abandonó en el Parque Arví.
Los dos niños caminaron por horas entre árboles gigantes, flores de colores y riachuelos; cuando estaba cayendo la noche encontraron una como casita en la mitad de la hierba. Estaba la luz encendida, entraron y se encontraron con un tinto servido en una taza pequeña, armas de todos los tamaños colgadas de los muros y del techo y un baño estrechito, muy estrechito.

Hansel y Gretel tenían tanta hambre que se quedaron a tomarse el tinto, y de repente vieron entrar una señora horrenda, vestida toda de verde y usando un sombrerito ridículo, y sobre su pecho llevaba una placa que decía "Oficial Jiménez".

Vio los dos niños asustadizos, y en sus ojos entendió que habían sido abandonados, como tantos niños en esta ciudad.

"Descuiden", les dijo la dama, "Bienestar Familiar escribe el final de este cuento".

miércoles, 2 de marzo de 2011

Maullido


Se mueve lenta, cadenciosa. Sabe que está sola y que tiene que sufrir, acaso disfrutar, del estado en que se encuenta, del celo que la domina.

Se estremece, se encoje, grita desesperada, juega con el aire, incómoda y encorvada. Se contre caprichosa y coqueta.

Presume de los tirones eléctricos que se pasean por su cuerpo, desde la lengua a la cola. Se acurruca cansada, pero tranquila.


Ella, a diferencia de nosotros, no se averguenza de su desnudez, ¡voy a hacerme una capa de pieles! para andar desnuda, incontrolable, por entre los pasillos de mi casa, la cocina  y el salón.

¡Grita tan fuerte! maulla, gime y se queja, es casi insoportable, una melodía lujuriosa y libidinosa.

Ha terminado su danza a la luna.

El concepto de obsenidad se pierde en sus volteretas. Se despierta cierto sentido lascivo en quien la ve, ese que todos llevamos como escondido, allá en la peor de las mazmorras del alma.

Tarde lo que tarde, mi gata sabe que volverá el día en que querrá la visita de un gato galán, así como todos sabemos que, pronto, muy pronto, caeremos de nuevo en el desesperado abismo de anhelar una caricia.