Vistas de página en total

domingo, 11 de septiembre de 2011

El capítulo que nunca leí con vos

El capítulo que nunca leí con vos, el libro que vos nunca leíste.

"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

     Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua."

Rayuela

domingo, 4 de septiembre de 2011

Tinto por Mate


Hubo una vez en que decidí cambiar el tetero por un vaso de jugo. Vaya problema, en el jardín de niños mis compañeros se ufanaban, presuntuosos, de que ya no bebían leche en sus teteros sino en preciosos vasitos plásticos con dibujitos pintados. Yo no, yo nunca fui capaz de abandonar la comodidad del chuponcito ese que traen los teteros, hasta que en Primero, la presión social me obligó a hacerlo.


 Otra vez también me tocó, un día, cambiar el triciclo por una bicicleta. El triciclo era un vehículo pequeño, de colores, con una cómoda sillita donde cabíamos mi muñeca y yo, y de paso otros diez muchachitos que se encaramaban, listos para salir rodando en cualquier momento. El triciclo era indestructible, no tenía cadenas ni cables estorbando, y especialmente era bueno porque no tenía frenos, como mi imaginación de aquella época.


 Nunca entendí muy bien por qué me toco dejar el triciclo, pero creo que el hecho de que mis rodillas se pegaban contra el manubrio y no me dejaban dar vuelta, tuvo algo que ver. Total, cambios hubo muchos pero la mayoría no voluntarios, en general fueron más obligados mientras más traumáticos.  Una vez también tuve que cambiar  la bondad de mi cabeza por un par de malos pensamientos, pero me temo que no fue tan malo y que no tiene mucho que ver con el tema.


Al final, si me ha tocado cambiar esto por lo otro, aquello por lo de más allá, ¿porqué no cambiar algo más neurálgico que el tetero? fue así como decidí cambiar el tinto por mate. 


El mismo humo y no el mismo aroma, la misma tacita con distinto sabor, la misma carga histórica de distintas gentes, la misma cara de satisfacción, la misma agua caliente con diferente maticas. La misma luz, bebiéndose la vida con el alba al otro lado del mundo.