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domingo, 4 de septiembre de 2011

Tinto por Mate


Hubo una vez en que decidí cambiar el tetero por un vaso de jugo. Vaya problema, en el jardín de niños mis compañeros se ufanaban, presuntuosos, de que ya no bebían leche en sus teteros sino en preciosos vasitos plásticos con dibujitos pintados. Yo no, yo nunca fui capaz de abandonar la comodidad del chuponcito ese que traen los teteros, hasta que en Primero, la presión social me obligó a hacerlo.


 Otra vez también me tocó, un día, cambiar el triciclo por una bicicleta. El triciclo era un vehículo pequeño, de colores, con una cómoda sillita donde cabíamos mi muñeca y yo, y de paso otros diez muchachitos que se encaramaban, listos para salir rodando en cualquier momento. El triciclo era indestructible, no tenía cadenas ni cables estorbando, y especialmente era bueno porque no tenía frenos, como mi imaginación de aquella época.


 Nunca entendí muy bien por qué me toco dejar el triciclo, pero creo que el hecho de que mis rodillas se pegaban contra el manubrio y no me dejaban dar vuelta, tuvo algo que ver. Total, cambios hubo muchos pero la mayoría no voluntarios, en general fueron más obligados mientras más traumáticos.  Una vez también tuve que cambiar  la bondad de mi cabeza por un par de malos pensamientos, pero me temo que no fue tan malo y que no tiene mucho que ver con el tema.


Al final, si me ha tocado cambiar esto por lo otro, aquello por lo de más allá, ¿porqué no cambiar algo más neurálgico que el tetero? fue así como decidí cambiar el tinto por mate. 


El mismo humo y no el mismo aroma, la misma tacita con distinto sabor, la misma carga histórica de distintas gentes, la misma cara de satisfacción, la misma agua caliente con diferente maticas. La misma luz, bebiéndose la vida con el alba al otro lado del mundo.

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