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sábado, 30 de abril de 2011

ANTES DEL FIN


Fragmento con el que termina el libro ANTES DEL FIN, de Ernesto Sabato, el grande, el genio, este libro es considerado como su testamento espiritual.

"También yo quise huir del mundo. Ustedes me lo impidieron, con sus cartas, con sus palabras por las calles, con su desamparo.
Les propongo entonces, con la gravedad de las palabras finales de la vida, que nos abracemos en un compromiso: salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante. Quizá ya lo está haciendo, de un modo silencioso y subterráneo, como los brotes que laten bajo las tierras del invierno
Algo por lo que todavía vale la pena sufrir y morir, una comunión entre hombres, aquel pacto entre derrotados. Una sola torre sí, pero refulgente e indestructible.
En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche. Lean las cartas que Miguel Hernández envió desde la cárcel donde finalmente encontró la muerte:

Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra.

Piensen siempre en la nobleza de estos hombres que redimen la humanidad. A través de su muerte nos entregan el valor supremo de la vida, mostrándonos que el obstáculo no impide la historia, nos recuerdan que el hombre solo cabe en la utopía.
Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido."


¡GRANDE SABATO!
1911-2011

jueves, 7 de abril de 2011

Me siento gallina



A veces me siento una gallina. Pero es mejor sentirse una gallina y no sentirse vaca,  pues siendo vaca me andarían jalando  mis pobres, rosadas y estriadas ubres todos los días, robándome la leche mía y de mis hijos.
Me siento gallina, pero a decir verdad una muy desgraciada, que en lugar de poner pulcramente el dichoso huevo, lo lleva estallado muy adentro en su interior, y lo va expulsando de a poquitos, causando un verdadero desastre. Hasta podría decirse que me parezco a una gallina, cada vez que enrollada, algún día del mes,  con la cabeza en las rodillas, las manos a los lados como dos alas recogidas, y el cabello despeinado como una cresta, gimo y me quejo, igual, como si pusiera un huevo.
Ojalá fuera gallina, porque si lo fuera no habrían tantos regueros, y hasta me dolerían las entrañas nada mas un ratico y no durante días, en espasmódicas punzadas de sufrimiento. También, si fuera tan gallina como me siento, no tendría que tener vergüenza de la clara y la yema, mi clara no tan blanca y mi yema no tan amarilla; ¿Cuándo se vió una gallina sofocada por haber puesto un huevito?
Ser mamá gallina es menos deshonroso que ser mujer, a las plumíferas hasta las respeta el gallo. De cualquier modo no me quejo, porque sé que sin huevo, no hay pollitos y sin dolor, no valdría la pena ser mujer y tener el placer de cuidar un germen rojo que decide inmolarse cuando no se siente útil.
Voy a cacarear, y si sigo así me van a salir plumas.