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jueves, 7 de abril de 2011

Me siento gallina



A veces me siento una gallina. Pero es mejor sentirse una gallina y no sentirse vaca,  pues siendo vaca me andarían jalando  mis pobres, rosadas y estriadas ubres todos los días, robándome la leche mía y de mis hijos.
Me siento gallina, pero a decir verdad una muy desgraciada, que en lugar de poner pulcramente el dichoso huevo, lo lleva estallado muy adentro en su interior, y lo va expulsando de a poquitos, causando un verdadero desastre. Hasta podría decirse que me parezco a una gallina, cada vez que enrollada, algún día del mes,  con la cabeza en las rodillas, las manos a los lados como dos alas recogidas, y el cabello despeinado como una cresta, gimo y me quejo, igual, como si pusiera un huevo.
Ojalá fuera gallina, porque si lo fuera no habrían tantos regueros, y hasta me dolerían las entrañas nada mas un ratico y no durante días, en espasmódicas punzadas de sufrimiento. También, si fuera tan gallina como me siento, no tendría que tener vergüenza de la clara y la yema, mi clara no tan blanca y mi yema no tan amarilla; ¿Cuándo se vió una gallina sofocada por haber puesto un huevito?
Ser mamá gallina es menos deshonroso que ser mujer, a las plumíferas hasta las respeta el gallo. De cualquier modo no me quejo, porque sé que sin huevo, no hay pollitos y sin dolor, no valdría la pena ser mujer y tener el placer de cuidar un germen rojo que decide inmolarse cuando no se siente útil.
Voy a cacarear, y si sigo así me van a salir plumas.

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