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jueves, 17 de febrero de 2011

Empanas, porque es lo que más se vende


Resulta difícil sentarse a escribir después de un día como hoy, salir a la calle y recordar que la vida es más miserable de lo que parece y que lejos de construir un mundo cómodo y conveniente creamos una máquina demoledora especializada en deshumanizar lo humano.
Puede ser que ahora haga parte una generación un tanto vieja, pero hasta donde sé todavía se usa una particular fórmula para enseñarle a leer a los niños, en un salón de clase todos repiten al unísolo "mi mama me mima, mi mama me ama"; pues bien, si es que aún el sistema educativo sigue usando frasecillas como estas, propongo hacer lo necesario para que no se utilicen más, ¿porqué? es sencillo, porque no hay que educar a las mentes tiernas con mentiras, la realidad en donde una madre cuidaba y amaba su hijo hace parte ahora de la ilusión fría de un pasado en donde el llanto de un bebé valía más que el estatus social, la mayoría de los niños hoy están lejos de ser mimados por sus madres, no solo porque muchas los abandonan o dejan solos para ir a  trabajar en oficios tan crudos que no merecieran llamarse empleos, sino porque muchas optan por matarlos a golpes; me duelen estos "chiquitos" , como los llama Sábato, que están a la deriva, en el mar de los días que pasan y pasan sin rastro alguno de arroz, ni de pan acaso.
Estoy convencida de que hay más gente que sabe esto, somos muchos los que hace rato sabemos que esto dejó de ser la promesa de un edén para convertirse en latidos de desgracia, he visto y he sido testiga de muchas comunidades, grupos de personas que quieren hacer con su tiempo algo distinto a conseguir billetes, gente que piensa que es posible cambiar un mundo que hace rato está jodido, pequeños brotes de solidaridad que quieren hacer una diferencia ya sea regalando comida, protestando contra la corrupción, haciendo canciones honestas, promulgando a gritos la paz y el no maltrato a los animales, algunos se meten en la pegajosa red de la política intentando ayudar, otros ahorran agua y algunos otros, como yo, creemos que siendo vegetarianos o escribiendo mierda en un blog  algo se puede cambiar.
No quiero ser pesimista, pero no nos está funcionando tan bien, hace falta algo pero lastimosamente  no descubro que, ¿Que hacer para que más niños no terminen muertos a puñetazos? ¿Qué hacer para que los pies descalzos en la calle, que ví hoy, no sientan más el frío y sobre todo que no haya más hambre? ¿Qué hacer cuando tienes que ir a trabajar y mantener unos ideales burgueses que entorpecen tu propia condición de felicidad? He oído la respuesta y ahora la tengo muy clara, es una respuesta que escuché muchas veces,  cada vez que se presentaba una situación sin salida, el caos, donde a pesar de los esfuerzos nada parece funcionar, la voz de una mujer que me lleva muchas albas dice aún cálidamente:
¿Qué vamos a hacer? ... Empanadas, porque es lo que más se vende.

viernes, 11 de febrero de 2011

Y seguimos caminando

En  cada época de la historia el hombre ha tenido un lugar sagrado, un templo en donde la existencia toma sentido y se trasforma  la sociedad: los egipcios y sus pirámides, los griegos y sus acrópolis,  el medio evo y los monasterios,  la modernidad y sus fábricas. Nótese que cambiamos una serie de sacrosantos lugares por la crudeza de un espacio en donde en vez de enterrar cuerpos momificados enterramos la creatividad humana, donde no adoramos a más dioses que al dinero y donde en vez de cultivar sabiduría aramos el materialismo moderno.
No es simplemente un gesto cómico el hecho de que Chaplin en su papel de obrero de fábrica en plena revolución industrial, hubiese terminado chalado, es una muestra de que los ritmos frenéticos de trabajo a los que eran y aún son somos sometidos los seres humanos causan un daño desmedido sobre nuestros cerebros, nuestras  mentes están hechas para la actividad creativa, para el ejercicio de la imaginación, tienen la capacidad del ingenio, una facultad que ningún otro ser vivo en el planeta posee a tal magnitud como nosotros, entonces al ser reprimida toda la iniciativa creadora de nuestras cabezas a lo único que podemos aspirar es claramente a la locura.
Se supone que todo el proceso de la revolución industrial lo hicimos en la  búsqueda de un bienestar mayor y de la mejora de la calidad de vida, ya quedó claro que esto se logró solo para unos pocos mientras que el resto de la humanidad perdió precisamente eso, su humanidad y pasamos a ser una tuerca más de las maquinas que todos los días hacen ruidos y producen en vez de ventura la irremediable pobreza que viene fielmente acompañada de  infelicidad.
Me parece ver en  el  jocoso caminar de Chaplin ese dejo de melancolía que llevan cada día los trabajadores que pasan por  la calle, esos que van agitados por la vida, trabajando en condiciones extremas y con horarios maratónicos para que su familia pueda comer y tratando al mismo tiempo de darle al mundo una mirada optimista, en un gesto de amabilidad con un sistema económico que los hace chatarra humana. Aún hoy hay en las calles una cantidad inimaginable de desempleados, quien se iba a imaginar que Chaplin hace tanto tiempo mostraría la manera en como miles de personas hoy van de un oficio a otro en una labor desgastante llamada “el rebusque”, nuestras necrópolis  tienen por abundancia seres que hacen lo que sea por sobrevivir, y  por esto no deben sorprendernos las altas cifras de delincuencia, ni las miradas de los niños vendiendo dulces en los andenes ni mucho menos la depresión de nuestros ancianos por sentirse inservibles ante una sociedad en donde quien no produce, no vale nada.
Han pasado ya muchos años desde que Charlie Chaplin le mostrara a el mundo de una manera futurista el posible devenir de la condición humana, en el siglo XXI seguimos como Chaplin: caminando de la mano de una esperanza nostálgica tal vez infundada de que por fuera de las fabricas hay vida, de que los tornillos y los billetes verdes no son la razón de existir y sobre todo de que hay un camino a una utópica felicidad.

El repudio a las canas

Llegó un momento en el que se nos convenció a todos de que la vejez es un hecho lamentable, argumentando que  en esta etapa de la vida pierdes una cierta belleza física  que se supone algún día tuviste y que no lograrás nunca  más recuperar; pero esto es solo un velo, una parte de la historia, porque detrás de ese desdén con los ancianos hay sentimientos más fuertes, hay razones más poderosas: el profundo temor a la muerte.
¿Por qué razones negaríamos la integridad humana de alguien cuyas condiciones de vida son tan instintivas y simples como las de un bebé? A estos últimos no solo les toleramos una cantidad de actos poco higiénicos sino que celebramos sus más costosos caprichos, pero a los viejos, a los solos y abandonados viejos les lanzamos  miradas tan duras, tan exigentes, que causamos en ellos un mella profunda en su equilibrio mental; es esto una muestra de lo que se esconde tras el desprecio y el juicio duro contra los más ancianos, esa negación que intentarnos ponernos para no aceptar que muy posiblemente también nosotros seremos tan arrugados, sucios, lentos y testarudos como ellos, y no solo eso, sino que nosotros como ellos estaremos también a un paso de morir.
El hombre, para luchar con el espejismo causado por esa figura gastada se invento, como hace siempre, una manera de esconderlos, tal como a los locos, a los delincuentes, a los desterrados, se les condena a los ancianos  a  vivir alejados de la sociedad, donde a  nadie molesten, donde solo ellos tengan que soportarse, estas cárceles son comúnmente llamadas ancianatos, y aunque el nombre suene sutil no lo son los tratos que allí reciben sus decrépitos residentes. Confinar a un abuelo a vivir en una casa lejos de la nuestra nos garantiza el hecho de no tener que recordar a diario que la finitud de la vida es real y que nuestra carne se deteriora y se pudre a velocidades perceptibles con los años, esconder la demencia y tal vez el mugre de un viejito nos permite soñar son un mundo de personas inmaculadas y razonables, ellos por el simple hecho de su condición senil se ven obligados a cargar con el precio de nuestras fantasías.
Las victimas de nuestro afán por esconder  nuestra propia mortalidad no son solo los ya entrados en años, perjudicados somos todos porque nos dedicamos a crear sistemas psíquicos  y sociales que nos recuerden constantemente  la importancia del hoy, el disfrute del presente, pues para la mayoría mirar al pasado es demasiado vergonzoso y considerar el futuro demasiado agotador , para que las soluciones aparezcan en todo tipo de religiones, supersticiones y mitos que le dicen a nuestra cabeza que los que se mueren son otros, los ancianos, los borrachos, los terroristas, todos pero no nosotros. En este sentido también hay que considerar una causa de la apatía general de nuestra aldea globalizada por los ancianos, resulta ser que ellos, desde el punto de vista estrictamente capitalista no son seres productores pues no significan en el mercado una mano de obra activa, lo que conlleva de nuevo a que se les discrimine, aparece  de nuevo así nuestra cobardía
¿Y que mas hacen los abuelos que pueda molestarnos tanto? Algo muy particular, un anciano en una edad avanzada pierde las cosas que son fundamentales para el acelerado hombre de hoy:  abandonan el sentido de la moralidad,  no se obsesionan con su apariencia y niegan todo lo que pueda considerase fundamental en el mundo de hoy, es decir, viven como la contemporaneidad no  lo considera: sin tecnología, sin entretenimiento plástico y sin millonarias  cuentas bancarias; los viejos están ahí para recordarnos que se puede existir sin una red social, que una guitarra puede sonarle  mejor al alma que un sonido metálico y eléctrico producido por la computación, estarán siempre ahí mostrándole al mundo que toda su avanzada ciencia es una porquería al lado de un cigarrillo y un tinto; dentro de su supuesta vesania  apuñalan las verdades materialistas del las gentes del hoy, entonces estas, doloridas y preocupadas devuelven la puñalada de las arrugas con una pena más dura: la soledad y el rechazo.
Decía Victor Hugo que “en los ojos de los jóvenes vemos llamas yero en el ojo del viejo vemos la luz”, el ideal de que son los ancianos  los que guardan la sabiduría es más que una frase romántica, es un hecho comprobable en cuanto se dé el rechazo hacia ellos, es decir, así mismo como tememos la figura de la muerte que representan ellos para nosotros, tememos también al hecho de que puedan demostrarnos verdades más profundas que las nuestras construidas a punta de televisión, porque son ellos quienes saben de hogares, de cómo se debe trabajar, de la importancia de nuestra tierra, son ellos quienes aprendieron primero a conocer el sol, a leer las estrellas, caminaron primero que nosotros y por ese mero hecho merecen ya respeto.
No habiendo más que decir, nuestro odio a los ancianos es entonces un rechazo social a la posibilidad de muerte de nosotros mismos, a la contingencia humana, un pánico a no existir que no tolera nuestro sistema mercantil, un terror  al hecho de no ser bellos y productivos, un repudio a las canas.

Las prostitutas de mi vida

Hay unas fulanas que han molestado el hombre incansablemente desde que lo conocieron, estas furcias con su magia, sus encantos y  sus seductores caminos le han propiciado a más de un corazón la locura y a más de una cabeza la sinrazón. Estas cualquiera son sin duda alguna las letras, las caprichosas y revoltosas letras que como mujerzuelas se han ofrecido desde los tiempos inmemorables a los curiosos ojos  del hombre, y más que a sus ojos, a sus sentidos, a su ser.
Juzgar de meretrices a las letras, es decir a la literatura misma, es algo mas cuerdo de lo que puede parecer pues tal  como lo han hecho las mujeres  desde la antigüedad, las letras se muestran al hombre como un camino más al placer, una senda  a una demencia única, inmortal; es la literatura una prostituta pues el latín nos dice que se llame así a todo aquello que se “exhiba para venta” y ¿no es esto acaso lo que hace la humana literatura? las letras se pavonean frente a millones de individuos  revelándose fantásticas, eróticas, sensuales, siendo claro está, unas cortesanas muy especiales, pues no hay alguna otra meretriz que haga lo que ellas; son capaces de representar el mas profano de los sentimientos, el más disparatado de los  pensamientos y a su vez la más fina sensatez, la  extrema elegancia, la pureza, el asco, y cosas tan escurridizas como el amor y la felicidad.
Las letras se venden pero a diferencia de lo que conocemos comúnmente  estas  no piden a cambio dinero, ni joyas, ni siquiera el más humilde de los tesoros, misteriosas y antojadizas cobran un precio tan alto y tan glorioso como su labor: el abandono al placer. Desde mucho antes de la época romana se conocía la faena de las mujeres que cambiaban su cuerpo por algún beneficio  como una práctica divina, un acto protegido por la diosa Innana que se aseguraba de que la dicha permaneciera entre los hombres, y sin embargo se encargaba de cuidar que tal deleite no se saliera de control, ya que claro, ese abandono al placer que se vive tanto en la entrega lujuriosa con una moza como en la entrega a la pasión de leer un libro acarrea sus consecuencias; no será precisamente de sida de lo que van a contagiarnos las letras,  será nuestro amor a ellas la peor de las enfermedades.
Y es que el hombre tiene todo un amasijo de emociones, ideas y sensaciones que buscan ser derrochadas, la pregunta es entonces ¿en qué? Para alguien sensato las opciones no son muchas, pues las letras solo se entregan a quienes aprendieron antes a rechazar los placeres vacuos, aparentes y desechables de la colectividad, saben que la profesión más antigua exige suspicacia para no pervertir su cometido.
Pueden considerarse coimas a  las letras desde dos sentidos: en primer lugar hay un serie de ellas, que siendo mal usadas por la torpe mano del hombre se convierten en frases, y la unión de estas a su vez en obras cuya trascendencia es muy corta y su profundidad casi nula, se crean los más vulgares de los escritos y no precisamente por su terminología  sino porque no tienen mucha diferencia entre una  lista de  alimentos por comprar en el mercado; pero por otro lado tenemos un sentido más puro, más noble, tan noble como una geisha o las bailarinas de un harem, donde a similitud de estas las letras ofrecen un sinfín de matices, colores, melodías, comienzos tristes y finales felices que atraen cada cual a su víctima, cada lector elije las letras que ocuparan su alma, elije el asunto, el autor, la redacción, lo único que queda fuera de su alcance es el poder que estas tendrán  sobre él.
El hecho de que pueda entonces estimarse a las letras como furcias desde ambos lados de la moneda, trae como consecuencia que las segundas, siendo virtuosas, sean juzgadas duramente, maltratadas por todos, ¡tal como se hace con las mujeres que venden sus cuerpos hoy en nuestras calles! Se ha satirizado el lenocinio, se ha contaminado su intención, y hasta los reyes más recios como Carlo Magno temieron de él.
No podría decir con exactitud cómo afrontar esta rufianería cuando es humana, pues tendemos a convertir lo más  sublime en lo más abominable, de lo que si tengo total certeza es que hacer con las letras, ellas que danzan y juguetean voluptuosas apremiando  al placer de verlas, de sentirlas, como incitando a una bacanal, a la juerga de los símbolos, a la miel de sus personificaciones y tramas deben ser, tarde o temprano recibidas por todos.
Son pues así las letras: mueven el corazón, estrujan el alma, conducen a un placer desmedido que a muchos ha llevado a la locura, es la razón su cobranza y la locura nuestro castigo, bienvenidas sean  prostitutas a la cama de mi alma.

Si dios fuera una mujer

Si Dios fuera una mujer
“…Si dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno
con sus brazos no cerrados
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles
Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
                      prodigiosa blasfemia.”                          
                                                        Mario Benedetti.
No en vano somos lo que somos, aunque tengamos mucho del azar le debemos algo a las  miles de estrategias, decisiones, planes, que nuestras propias cabezas fueron diseñado y que modificaron  cada cosa de nuestra vida, como  el desafortunado acontecer de que Dios, para la mayoría de las religiones mas practicadas en el mundo, sea un hombre.
Conocido como “Señor”, “Padre”, o simplemente “Dios”, la figura masculina de una deidad universal en realidad ha causado más ruinas que triunfos, pues ha traído al diario vivir de la gente de muchas épocas la violencia, terquedad, seriedad extrema y racionalidad excesiva propias del carácter de un hombre, ¿nadie se ha puesto a pensar que pasaría si fuese más bien una Diosa universal?; hay que reconocerlo, la vida discreparía bastante de lo que conocemos hoy, sería un mundo cambiante  regido por la naturaleza cíclica de las mujeres, cada cosa que haríamos seria más emocional que racional, seguramente  amaríamos la luna y no el soy y con ella viviríamos cada una de las excéntricas etapas de un mes, de hecho si Dios fuera una mujer nos hubiéramos evitado la sanguinolenta matanza de miles de niñas, doncellas, y ancianas  en horcas y hogueras acusadas de amar a una Madre en vez del  fatídico y lejano Padre católico.
Ya lo dijo Benedetti, si hubiéramos querido que Dios fuese mujer no estaría distante en la alta bóveda, cada una de sus curvas, sus cabellos, su mirada estaría con nosotros, y claro, precisamente por esta razón lo elegimos hombre, porque para formar un sistema déspota de poder que logre dominar la voluntad de los hombres es necesario crear un figura vil y vengativa, que te condena y te manda al infierno a su capricho, pues todos sabemos lo imposible que sería imaginar la figura de una mujer, con los brazos abiertos dispuesta a amar como una madre, como una amante o como una amiga acabando con el mundo a punta de hombres armados luchando por una “tierra santa”, para ella cada rincón del planeta sería tan sagrado como todos; la furia del Dios masculino en todas las religiones es devastadora, generalmente suele terminar en cosas tan ridículas como un diluvio, la ira de una Diosa sería definitivamente mas virtuosa, porque hay que tener arte hasta para acabar con el mundo.
Si se buscan culpables para el machismo del que aún hoy no podemos deshacernos, muchas mujeres deberían en vez de culpar sus gobiernos, culpar la versión masculina de Dios en su religión, pues gracias a ella desde siempre los hombres han sido los únicos elegidos para poseer las verdades espirituales, sacerdotes y pastores de miles de credos en el mundo se jactan de guiar el sentido de miles de vidas que los consideran guías del alma, dotándolos de un poder social que ellos han sabido manipular.
Después de todo no todo el planeta es tan insensato, por algo las culturas milenarias de indígenas y antepasados creen y creyeron siempre  en la pacha mama, en el seno que les da de comer y los mantiene vivos, y aún hoy muchos creemos que vale más la pena vivir embriagados en el pecho de una Diosa que no te ofrece la vida eterna, pero si ambrosia  y gozo terrenal.