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viernes, 11 de febrero de 2011

El repudio a las canas

Llegó un momento en el que se nos convenció a todos de que la vejez es un hecho lamentable, argumentando que  en esta etapa de la vida pierdes una cierta belleza física  que se supone algún día tuviste y que no lograrás nunca  más recuperar; pero esto es solo un velo, una parte de la historia, porque detrás de ese desdén con los ancianos hay sentimientos más fuertes, hay razones más poderosas: el profundo temor a la muerte.
¿Por qué razones negaríamos la integridad humana de alguien cuyas condiciones de vida son tan instintivas y simples como las de un bebé? A estos últimos no solo les toleramos una cantidad de actos poco higiénicos sino que celebramos sus más costosos caprichos, pero a los viejos, a los solos y abandonados viejos les lanzamos  miradas tan duras, tan exigentes, que causamos en ellos un mella profunda en su equilibrio mental; es esto una muestra de lo que se esconde tras el desprecio y el juicio duro contra los más ancianos, esa negación que intentarnos ponernos para no aceptar que muy posiblemente también nosotros seremos tan arrugados, sucios, lentos y testarudos como ellos, y no solo eso, sino que nosotros como ellos estaremos también a un paso de morir.
El hombre, para luchar con el espejismo causado por esa figura gastada se invento, como hace siempre, una manera de esconderlos, tal como a los locos, a los delincuentes, a los desterrados, se les condena a los ancianos  a  vivir alejados de la sociedad, donde a  nadie molesten, donde solo ellos tengan que soportarse, estas cárceles son comúnmente llamadas ancianatos, y aunque el nombre suene sutil no lo son los tratos que allí reciben sus decrépitos residentes. Confinar a un abuelo a vivir en una casa lejos de la nuestra nos garantiza el hecho de no tener que recordar a diario que la finitud de la vida es real y que nuestra carne se deteriora y se pudre a velocidades perceptibles con los años, esconder la demencia y tal vez el mugre de un viejito nos permite soñar son un mundo de personas inmaculadas y razonables, ellos por el simple hecho de su condición senil se ven obligados a cargar con el precio de nuestras fantasías.
Las victimas de nuestro afán por esconder  nuestra propia mortalidad no son solo los ya entrados en años, perjudicados somos todos porque nos dedicamos a crear sistemas psíquicos  y sociales que nos recuerden constantemente  la importancia del hoy, el disfrute del presente, pues para la mayoría mirar al pasado es demasiado vergonzoso y considerar el futuro demasiado agotador , para que las soluciones aparezcan en todo tipo de religiones, supersticiones y mitos que le dicen a nuestra cabeza que los que se mueren son otros, los ancianos, los borrachos, los terroristas, todos pero no nosotros. En este sentido también hay que considerar una causa de la apatía general de nuestra aldea globalizada por los ancianos, resulta ser que ellos, desde el punto de vista estrictamente capitalista no son seres productores pues no significan en el mercado una mano de obra activa, lo que conlleva de nuevo a que se les discrimine, aparece  de nuevo así nuestra cobardía
¿Y que mas hacen los abuelos que pueda molestarnos tanto? Algo muy particular, un anciano en una edad avanzada pierde las cosas que son fundamentales para el acelerado hombre de hoy:  abandonan el sentido de la moralidad,  no se obsesionan con su apariencia y niegan todo lo que pueda considerase fundamental en el mundo de hoy, es decir, viven como la contemporaneidad no  lo considera: sin tecnología, sin entretenimiento plástico y sin millonarias  cuentas bancarias; los viejos están ahí para recordarnos que se puede existir sin una red social, que una guitarra puede sonarle  mejor al alma que un sonido metálico y eléctrico producido por la computación, estarán siempre ahí mostrándole al mundo que toda su avanzada ciencia es una porquería al lado de un cigarrillo y un tinto; dentro de su supuesta vesania  apuñalan las verdades materialistas del las gentes del hoy, entonces estas, doloridas y preocupadas devuelven la puñalada de las arrugas con una pena más dura: la soledad y el rechazo.
Decía Victor Hugo que “en los ojos de los jóvenes vemos llamas yero en el ojo del viejo vemos la luz”, el ideal de que son los ancianos  los que guardan la sabiduría es más que una frase romántica, es un hecho comprobable en cuanto se dé el rechazo hacia ellos, es decir, así mismo como tememos la figura de la muerte que representan ellos para nosotros, tememos también al hecho de que puedan demostrarnos verdades más profundas que las nuestras construidas a punta de televisión, porque son ellos quienes saben de hogares, de cómo se debe trabajar, de la importancia de nuestra tierra, son ellos quienes aprendieron primero a conocer el sol, a leer las estrellas, caminaron primero que nosotros y por ese mero hecho merecen ya respeto.
No habiendo más que decir, nuestro odio a los ancianos es entonces un rechazo social a la posibilidad de muerte de nosotros mismos, a la contingencia humana, un pánico a no existir que no tolera nuestro sistema mercantil, un terror  al hecho de no ser bellos y productivos, un repudio a las canas.

1 comentario:

  1. Me encanta este escrito, sin duda me hiciste reflexionar sobre el repudio a las canas! Gracias :)

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