Hay unas fulanas que han molestado el hombre incansablemente desde que lo conocieron, estas furcias con su magia, sus encantos y sus seductores caminos le han propiciado a más de un corazón la locura y a más de una cabeza la sinrazón. Estas cualquiera son sin duda alguna las letras, las caprichosas y revoltosas letras que como mujerzuelas se han ofrecido desde los tiempos inmemorables a los curiosos ojos del hombre, y más que a sus ojos, a sus sentidos, a su ser.
Juzgar de meretrices a las letras, es decir a la literatura misma, es algo mas cuerdo de lo que puede parecer pues tal como lo han hecho las mujeres desde la antigüedad, las letras se muestran al hombre como un camino más al placer, una senda a una demencia única, inmortal; es la literatura una prostituta pues el latín nos dice que se llame así a todo aquello que se “exhiba para venta” y ¿no es esto acaso lo que hace la humana literatura? las letras se pavonean frente a millones de individuos revelándose fantásticas, eróticas, sensuales, siendo claro está, unas cortesanas muy especiales, pues no hay alguna otra meretriz que haga lo que ellas; son capaces de representar el mas profano de los sentimientos, el más disparatado de los pensamientos y a su vez la más fina sensatez, la extrema elegancia, la pureza, el asco, y cosas tan escurridizas como el amor y la felicidad.
Las letras se venden pero a diferencia de lo que conocemos comúnmente estas no piden a cambio dinero, ni joyas, ni siquiera el más humilde de los tesoros, misteriosas y antojadizas cobran un precio tan alto y tan glorioso como su labor: el abandono al placer. Desde mucho antes de la época romana se conocía la faena de las mujeres que cambiaban su cuerpo por algún beneficio como una práctica divina, un acto protegido por la diosa Innana que se aseguraba de que la dicha permaneciera entre los hombres, y sin embargo se encargaba de cuidar que tal deleite no se saliera de control, ya que claro, ese abandono al placer que se vive tanto en la entrega lujuriosa con una moza como en la entrega a la pasión de leer un libro acarrea sus consecuencias; no será precisamente de sida de lo que van a contagiarnos las letras, será nuestro amor a ellas la peor de las enfermedades.
Y es que el hombre tiene todo un amasijo de emociones, ideas y sensaciones que buscan ser derrochadas, la pregunta es entonces ¿en qué? Para alguien sensato las opciones no son muchas, pues las letras solo se entregan a quienes aprendieron antes a rechazar los placeres vacuos, aparentes y desechables de la colectividad, saben que la profesión más antigua exige suspicacia para no pervertir su cometido.
Pueden considerarse coimas a las letras desde dos sentidos: en primer lugar hay un serie de ellas, que siendo mal usadas por la torpe mano del hombre se convierten en frases, y la unión de estas a su vez en obras cuya trascendencia es muy corta y su profundidad casi nula, se crean los más vulgares de los escritos y no precisamente por su terminología sino porque no tienen mucha diferencia entre una lista de alimentos por comprar en el mercado; pero por otro lado tenemos un sentido más puro, más noble, tan noble como una geisha o las bailarinas de un harem, donde a similitud de estas las letras ofrecen un sinfín de matices, colores, melodías, comienzos tristes y finales felices que atraen cada cual a su víctima, cada lector elije las letras que ocuparan su alma, elije el asunto, el autor, la redacción, lo único que queda fuera de su alcance es el poder que estas tendrán sobre él.
El hecho de que pueda entonces estimarse a las letras como furcias desde ambos lados de la moneda, trae como consecuencia que las segundas, siendo virtuosas, sean juzgadas duramente, maltratadas por todos, ¡tal como se hace con las mujeres que venden sus cuerpos hoy en nuestras calles! Se ha satirizado el lenocinio, se ha contaminado su intención, y hasta los reyes más recios como Carlo Magno temieron de él.
No podría decir con exactitud cómo afrontar esta rufianería cuando es humana, pues tendemos a convertir lo más sublime en lo más abominable, de lo que si tengo total certeza es que hacer con las letras, ellas que danzan y juguetean voluptuosas apremiando al placer de verlas, de sentirlas, como incitando a una bacanal, a la juerga de los símbolos, a la miel de sus personificaciones y tramas deben ser, tarde o temprano recibidas por todos.
Son pues así las letras: mueven el corazón, estrujan el alma, conducen a un placer desmedido que a muchos ha llevado a la locura, es la razón su cobranza y la locura nuestro castigo, bienvenidas sean prostitutas a la cama de mi alma.
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