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miércoles, 2 de marzo de 2011

Maullido


Se mueve lenta, cadenciosa. Sabe que está sola y que tiene que sufrir, acaso disfrutar, del estado en que se encuenta, del celo que la domina.

Se estremece, se encoje, grita desesperada, juega con el aire, incómoda y encorvada. Se contre caprichosa y coqueta.

Presume de los tirones eléctricos que se pasean por su cuerpo, desde la lengua a la cola. Se acurruca cansada, pero tranquila.


Ella, a diferencia de nosotros, no se averguenza de su desnudez, ¡voy a hacerme una capa de pieles! para andar desnuda, incontrolable, por entre los pasillos de mi casa, la cocina  y el salón.

¡Grita tan fuerte! maulla, gime y se queja, es casi insoportable, una melodía lujuriosa y libidinosa.

Ha terminado su danza a la luna.

El concepto de obsenidad se pierde en sus volteretas. Se despierta cierto sentido lascivo en quien la ve, ese que todos llevamos como escondido, allá en la peor de las mazmorras del alma.

Tarde lo que tarde, mi gata sabe que volverá el día en que querrá la visita de un gato galán, así como todos sabemos que, pronto, muy pronto, caeremos de nuevo en el desesperado abismo de anhelar una caricia.



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